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Paz y Ciencia

sábado, 2 de junio de 2012

Epidemiología de una Esquizofrenia: Gregory Bateson





La idea central de este libro es que nosotros creamos el mundo que percibimos, no porque no exista una realidad fuera de nuestras cabezas, sino porque nosotros seleccionamos y remodelamos la realidad que vemos para conformarla a nuestras creencias acerca de la clase de mundo en el que vivimos... Para que una persona cambie sus creencias tiene que tomar conciencia de que la realidad no es necesariamente lo que él cree que es. Mark Engel. Honolulu, Hawai. 16 de abril de 1971.

Si nos proponemos estudiar la epidemiología de las condiciones mentales, es decir, condiciones en parte inducidas por la experiencia, nuestra primera tarea es destacar la carencia de un sistema de ideas suficiente, de manera que a partir de este señalamiento podemos pasar a postular qué tipo de contextos de aprendizaje podría inducir este defecto formal.
Es corriente afirmar que los esquizofrénicos tienen un "yo débil". Por mi parte, definiré esa debilidad como una perturbación que impide identificar e interpretar aquellas señales que deberían servir para decir al sujeto qué clase de mensaje es un mensaje por él recibido, es decir una perturbación en la interpretación de las señales que son del mismo tipo lógico que la señal: "Esto es juego". Por ejemplo, un paciente ingresa en el bar del hospital, y la empleada que está detrás del mostrador le pregunta: "¿En qué le puedo servir?". El paciente experimenta la duda de qué clase de mensaje es este: ¿es un mensaje que se refiere a asesinarlo? ¿es una indicación de que ella quiere acostarse con él? ¿o le está ofreciendo una taza de café? Escucha el mensaje y no sabe a qué clase o a qué orden pertenece ese mensaje. Es incapaz de seleccionar aquellos rótulos más abstractos que la mayoría de nosotros podemos usar de manera convencional pero que la mayoría de nosotros somos incapaces de identificar, en el sentido de que no sabemos qué cosa nos hizo conocer de qué tipo de mensaje se trata. Es como si, de alguna manera, nosotros hiciéramos una conjetura acertada. De hecho, tenemos poca conciencia de recibir esos mensajes que nos dicen qué clase de mensaje estamos recibiendo.
La dificultad con las señales de esta clase parece ser el centro de un síndrome que es característico de un grupo de esquietiología a partir de esta sintomatología, tal como la hemos dezofrénicos, de manera que podemos razonablemente buscar una finido.
Cuando uno comienza a pensar con este enfoque, gran parte de lo que dice el esquizofrénico cobra sentido como descripción de su experiencia. Es decir, tenemos una segunda pista que nos lleva a la teoría de la etiología o la tranmisión. La primera pista procede del síntoma. Preguntamos: "¿De qué manera un individuo humano adquiere una capacidad imperfecta para discriminar entre esas señales específicas?", y cuando examinamos sus discursos, encontramos que, en ese lenguaje peculiar que es la ensalada de palabras del esquizofrénico, él está describiendo una situación traumática, que tiene en sí un embrollo metacomunicativo.
Un paciente, por ejemplo, tiene la idea central de que "algo se movió en el espacio" y que es la razón de que él haya tenido su colapso. Por alguna razón, a partir de la manera como él hablaba acerca del "espacio" tuve la impresión de que el espacio era su madre y así se lo dije. Respondió: "No, el espacio es la madre". Le sugerí que de alguna manera ella podía ser la causa de sus problemas. Dijo él: "Nunca la condené". En determinado momento se encolerizó y dijo -la transcripción es palabra por palabra-: "Si decimos que tuvo movimiento en ella debido a lo que ocasionó, no hacemos otra cosa que condenarnos a nosotros mismos". Algo se movió en el espacio, y eso lo hizo colapsar. El espacio no es su madre; es la madre. Pero ahora nos concentramos en su madre, de la que dice que nunca la condenó. Y agrega ahora: "Si decimos que ella tuvo movimiento dentro de sí debido a lo que ocasionó, no hacemos otra cosa que condenarnos a nosotros mismos".
Fijémonos con mucho cuidado en la estructura lógica de esta última cita. Es circular. Implica una manera de interacción y de conflicto de objetivos con su madre, y que para el niño el ejecutar las acciones que podrían resolver las malas interpretaciones estuvo también prohibido.
En otra ocasión, el mismo paciente había faltado a su sesión terapéutica de la mañana, y yo entré en el comedor para verlo y comunicarle que podía verme al día siguiente.
Se negó a mirarme. Miraba hacia otro lado. Yo hice alguna observación sobre las 9.30 de la mañana siguiente... sin respuesta.
Luego, con gran dificultad, dijo: "El juez lo desaprueba". Antes de separarme le dijo: "Usted necesita un abogado defensor", y cuando lo encontré en el jardín la mañana siguiente le dije "Aquí está su abogado defensor", y entramos juntos en el consultorio para la sesión. Yo comencé diciendo: "¿Estoy acertado en suponer que el juez no solo desaprueba que usted hable conmigo, sino que además desaprueba que usted me cuente qué es lo que él desaprobó?", me respondió: "¡Sí!". Es decir, estamos aquí moviéndonos en dos niveles. El 2juez" desaprueba el intento de aclarar las confusiones y desaprueba que se comunique el hecho de su desaprobación (la del juez).
Tenemos que buscar una etiología que implica múltiples niveles de trauma.
No menciono para nada el contenido de estas secuencias traumáticas, ni me interesa si son sexuales u orales. Tampoco menciono la edad del sujeto en el momento del trauma, ni tampoco me interesa cuál de los progenitores tuvo que ver con este. Todo esto es episódico, por lo que a mí respecta. Lo único que pretendo hacer es reunir y ensamblar los elementos para afirmar que el trauma debió tener estructura formal en el sentido de que distintos tipos lógicos fueron jugados unos contra otros para que se pudiera generar esta patología concreta y en este individuo.
Ahora bien, si examinamos nuestras comunicaciones recíprocas corrientes, lo que comprobaremos es que urdimos estos tipos lógicos con una complejidad increíble y una facilidad muy sorprendente. Hasta hacemos chistes, y estos chistes pueden ser difíciles de comprender para un extranjero. La mayor parte de los chistes, sean espontáneos o reproducidos, son una urdimbre de distintos tipos lógicos. El embromar y el provocar jugando a alguien se basan sobre la cuestión no resuelta de si la persona a la cual embromamos o provocamos advierte que lo que estamos haciendo es embromar. En cualquier otra cultura, los individuos adquieren una habilidad realmente extraordinaria para manejarse no solo con las identificaciones gruesas de la clase de mensajes a la que un mensaje pertenece sino también para habérselas con identificaciones múltiples de a qué clase de mensajes pertenece un mensaje. Cuando nos encontramos con estas identificaciones múltiples, nos reímos y hacemos nuevos descubrimientos psicológicos acerca de lo que sucede dentro de nosotros mismos, lo que constituye quizá la recompensa del humor auténtico.
Pero hay personas que tienen una suprema dificultad con este problema de los niveles múltiples, y me parece que este reparto desigual de esa capacidad es un fenómeno que podemos abordar con las preguntas y la terminología propias de la epidemiología. ¿Qué es lo que necesita un niño: adquirir o no adquirir habilidad en la manera de interpretar señales?
No solo está de por medio el milagro de que cualquiera de los niños adquiera esas capacidades, y muchísimos de ellos las adquieren, sino que está también en juego el reverso de la medalla: que muchísimas personas tienen dificultad en adquirirla. Hay personas que, por ejemplo, cuando la protagonista de una novela lacrimógena radialo televisiva sufre de un resfrío, enviarán una caja de aspirinas a la estación emisora o recomendarán un procedimiento infalible para curar ese resfrío, a pesar de que esa protagonista es un carácter ficticio desntro de una novela lacrimógena. Esos miembros del auditorio a los cuales me refiero tienen algo distorsionada su capacidad de identificar qué tipo de comunicación es la que procede de su aparato receptor.
Todos nosotros incurrimos en errores de este tipo en distintas ocasiones. No estoy seguroi de no haber encontrado nunca a alguien que no sufriera de la "esquizofrenia P" en mayor o menor medida. Todos tenemos cierta dificultad para decidir algunas veces si un sueño fue o no un sueño, y no resultaría fácil a la mayoría de nosotros decir de qué manera sabemos que un trozo de nuestra fantasía es fantasía y no experiencia. La capacidad de situar las experiencias en el tiempo es una de las señales importantes, y el referirla a un órgano sensorial específico es otra.Cuando examinamos las madres y los padres de los pacientes para encontrar una respuesta a esta cuestión etiológica, nos encontramos con varios tipos de respuesta.
En primer lugar hay respuestas conectadas con lo que podríamos llamar los factores intensificantes. Cualquier enfermedad empeora o se posibilita por la acción de distintas circunstancias, por ejemplo, la fatiga, el frío, el número de días de combate, la presencia de otras enfermedades, etc. Estas circunstancias parecen tener un efecto cuantitativo sobre la incidencia de casi cualquier tipo de patología. Están luego esos factores que mencioné: las características y posibilidades hereditarias. Para poder confundirse sobre los tipos lógicos, presumiblemente es necesario ser suficientemente inteligente para saber que algo anda mal, pero no tan inteligente como para poder ver qué es lo que anda mal. Presumo que estas características están determinadas hereditariamente.
Pero el nudo del problema es, según creo, identificar qué circunstancias reales llevaron a esa patología específica. Reconozco que las bacterias no son de ninguna manera el único determinante de una enfermedad bacterial, y concedo, por consiguiente, que la aparición de tales secuencias traumáticas o contextos de ninguna manera es el único determinante de la enfermedad mental. Pero, pese a ello, me parece que la identificación de estos contextos constituye el meollo de la comprensión de la enfermedad, de la misma manera como el identificar las bacterias es esencial para llegar a comprender una enfermedad bacterial.
Conocí a la madre del paciente que mencioné en los párrafos anteriores. La familia se encuentrqa en una situación desahogada, Viven en una bonita casa con un amplio jardín. Fui allí con el paciente, y cuando llegamos no había nadie. El repartidor de diarios había arrojado el diario de la tarde en el medio del césped, y mi paciente quería recogerlo del medio de ese césped perfecto. Llegó hasta el borde y comenzó a temblar.
La casa parece lo qu ese llama una casa "modelo": una casa que ha sido amueblada por los vendedores de propiedad inmueble para vender otras casas al público que la vea. No es una casa amueblada para vivir en ella, sino más bien amueblada para que parezca una casa amueblada.
Un día yo hablaba con el paciente acerca de su madre, y le sugerí la hipótesis de que su madre tal vez fuera una persona algo atemorizada. Él dijo: "por las seguridades aparienciales".
En el medio de la carpeta hay una masa hermosa, perfectamente centrada, de vegetación artificial, plástica, un faisán de un lado, y un faisán de porcelana del otro, dispuestos simétricamente La alfombra de pared a pared es exactamente lo que debería ser.
Desde que entró su madre, sentí una intromisión un poco incómoda en la casa. Él no había estado de visita allí durante los últimos cinco años, pero las cosas parecían ir perfectamente bien, de manera que yo decidí dejarlo allí y volver cuando fuera la hora de retornar al hospital. Esto hizo que me quedara una hora libre para andar por las calles sin tener absolutamente nada que hacer, y comencé a pensar qué me gustaría hacer en esas circunstancias. ¿Qué y cómo podía yo comunicar? Decidí que lo que me gustaría hacer era introducir algo que fuera a la vez hermoso e intranquilizante. Al tratar de poner en práctica esta decisión, decidí que la respuesta eran las flores, de manera que compré algunos gladiolos. Tomé los gladiolos y, cuando fui a buscar al paciente, se los ofrecí a la madre con un discurso en el que le decía que quería que tuviera en su casa algo que  fuera: "A la vez hermoso e intranquilizante". "¡Oh1", dijo ella, "Estas no son flores intranquilizantes. A medida que se van marchitando una tras otra se las puede arrancar".
Ahora bien, tal como yo lo veo, lo interesante en este discurso no es tanto el enunciado castrador como el que me podía en la posición de tener que pedir disculpas, cuando de hecho no había por qué. Es decir, ella tomó mi mensaje y lo reclasificó. Cambió el rótulo que indicaba qué clase de mensaje era, y eso es, según creo lo que hace continuamente. Un interminable apoderarse de los mensajes de otra persona y replicar a ellos como si fueran una declaración de debilidad por parte del hablante o un ataque contra ella que hay que convertir en un punto débil del hablante, y así sucesivamente.
Lo que el paciente tiene hoy día ante sí -y lo que tuvo ante sí en la infancia- es la interpretación falsa de sus mensajes. Si él dice: "El gato está encima de la mesa", ella responde con alguna réplica que consigue que este mensaje no sea el tipo de mensaje que él pensó cuando lo emitió. Su propio identificador de mensajes está obnubilado y distorsionado ya por ella cuando el mensaje viene de vuelta hacia él. Y ella contradice continuamente su propio identificador de mensajes. Ella se ríe cuando dice lo que menos gracia le hace en el mundo, y así sucesivamente.
Ahora bien, aunque existe un cuadro usual de dominio materno en esta familia, no me interesa por el momento decir que esta sea la forma necesaria del trauma. Solo me interesan los aspectos puramente formales de esta constelación traumática; y presumo que la constelación podría constituirse también si el padre asumiera que la constelación podría constituirse también si el padre asumiera ciertas partes de ella, la madre asumiera otras y así todo lo demás.
Lo único que pretendo demostrar es que aquí existe una probabilidad de trauma que contendrá ciertas características formales. Se propagará hasta convertirse en un síndrome especial en el paciente, porque el trauma mismo incide sobre ciertos elementos del proceso de comunicación. Lo atacado es el uso de lo que yo he llamado "señales identificadoras de mensajes", es decir aquellas señales sin las cuales el "yo" no se atreve a discriminar entre los hechos y las fantasías, y entre lo literal y lo metafórico.
Lo que intenté hacer fue destacar un grupo de síndromes, es decir aquellos síndromes relacionados con una incapacidad de saber qué clase de mensaje es un mensaje. En un extremo de la clasificación de estos, habrá individuos más o menos hebefrénicos, para los cuales ningún mensaje tiene un tipo definido, sino que viven en una crónica historia de anécdotas disparatadas con desenlaces imprevisibles.
En el otro extremo, están los que tratan de sobreidentificar, de hacer una identificación extremadamente rígida, del tipo de mensajes que es cada mensaje que reciben. Esto producirá un tipo de cuadro mucho más paranoide. Otra posibilidad es el aislamiento.
Por último, me parece que, con una hìpótesis de esta clase podríamos buscar en una población los determinantes que podrían llevar a la aparición de este tipo de constelación. Y este me parece un tema adecuado para el estudio epidemiológico.

Gregory Bateson: "Pasos hacia una ecología de la mente. Una aproximación revolucionaria a la autocomprensión del hombre". Lohlé-Lumen. Impreso en la Argentina.

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